La perra vida

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Mario Arriaga García. Ése es el nombre completo del conductor del autobús 562, perteneciente a la flota de Destino Anáhuac, el servicio de transporte que la universidad Anáhuac México Norte pone al servicio de los estudiantes que viven más alejados del campus. La ruta del 562 pasa por las colonias Condesa y Del Valle Centro, y Mario la recorre de lunes a viernes. El primer servicio comienza a las 5 y 15 de la madrugada, el último concluye pasadas las 11 de la noche. Continue reading

Los sinsabores del verdadero detective

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Aunque pueda parecerlo, a raíz de las entradas en este blog, que más mal que bien, se encargan de contar aquello que pueda resultar curioso, divertido o extraño al hipotético lector, no todo el monte es orégano en la vida de un detective. No todo son saludos al sol, y a la luna, y paseos por parques verdes, con lectores y amantes en el césped, ni aventuras en lugares recónditos que firmaría el mismísimo Tom Sawyer, ni caras esperando a regalar su mejor sonrisa. Definitivamente, no.

Hay de eso, menos mal que lo hay. De lo contrario estaría maldiciéndome por haber atravesado el océano que separa México de las calles y esquinas ya conocidas. Pero el hecho de que prácticamente solo escriba sobre la parte bonita no borra la otra, que por supuesto es inevitable, y a veces es necesario acercarse a ella, para mostrar dos caras de una misma moneda, una moneda bien grande, por cierto.

Porque también hay que soportar el metro, siempre hasta los topes, con la gente afilando sus codos y rodillas por conseguir su espacio vital de quince centímetros cuadrados en algún vagón, mientras un servidor se pregunta que el por qué de esas prisas, de ese ansia por lograr apretujarse entre otros cuerpos recién desperezados, donde nadie está por la labor de agradar a nadie. No siempre los vendedores resultan algo curioso, uno también se cansa del griterío, del “diez pesos le vale, diez pesos le cuesta”, de la “suave goma de mascar para refrescar boca y garganta” y de los guantes “para esos trabajos duros, esos trabajos pesados”.

Tampoco es santo de mi devoción tener que trasponer hasta una remota oficina de telégrafos para recoger el dinero que me mantiene a flote, dinero que por cierto no es regalado, sino obtenido con sudor y madrugones, y horas sentado delante de unos apuntes soporíferos, capaces de dormir al café. Bueno, tampoco fueron tantas horas éstas últimas. Y llegar a la oficina de telégrafos y que te digan que vuelvas en dos horas, que ahora mismito no tienen nada, y esperarlas sentado, y volver, y que la señora tarde veinte minutos en contar los billetes que va a entregarte, y te los da y te pide que hagas lo mismo, no vaya a ser que se equivoque, y allí estamos, haciendo el recuento mientras detrás se forma una cola (ay, las colas), y te miran como diciendo “el pinche güero éste, se va a quedar ahí parado toda la mañana”, y tú aguantando las miradas en la nuca, que se clavan como espinitas, y equivocas la cuenta, y vuelta a empezar.

En días en que uno se siente especialmente sensible, por las causas que sean, puede resultar muy descorazonador comprobar una vez más el grado de servilismo impuesto y aceptado por todos. No siempre es fácil mirar a esos ojos de quien espera que le perdonen la vida, cuando todo lo que has hecho es pedir una torta. Ante una pequeña confusión (te pusieron una Coca Cola en lugar de ese café que pediste) la cabeza del “culpable” se agacha, como esperando una reprimenda. Pero no pasa nada, sonríes, le niegas la importancia que verdaderamente no tiene, y todavía cabe lo inaudito cuando compruebas que se esperaba de ti esa actitud arrogante, te corresponde ese papel, y si no lo cumples puede ser entendido como signo de debilidad. Harto ya del “a sus órdenes, joven”, del “lo que usted mande, joven”. Casi me alegra que intenten engañarme en el mercado, vendiéndome el kilo de manzanas a precio desorbitado. Menos mal, pienso, alguien que te mira a los ojos mientras te la clava a discreción.

O caminar por la Universidad, y ver a esos chicos trajeados como para salir al plató de un momento a otro, sentados delante de otros tipos trajeados, más mayores, con más pinta de rancio, a los que escuchan con veneración, como a deidades, como a futuros jefes en empresas rimbombantes. Y comprobar cómo esos espléndidos trajes no se traducen en resultados brillantes, con el profesor poniendo la escena más famosa de la película más famosa de Cóppola, y la gente preguntándose “¿Cóppola? ¿Coppolá?”, mientras vuelven a hundir sus cabezas en los Iphones, y en los Ipads, y en quién sabe qué último cacharro novísimo. Es criminal llegar a las nueve de la mañana a la universidad, disponer de cinco o diez minutos para tomar un café y fumar un cigarro en la zona común de estudiantes y tener que soportar, repito, a las nueve de la mañana, la amalgama de ruidos infernales (algunos quieren creer que es música) vomitada por altavoces a su máxima potencia, cuando a esa hora uno está luchando por poner su cabeza en orden y afrontar las clases correspondientes.

Y, ay, las clases. No sé cómo funcionarán las demás facultades, pero la de comunicación tiene lo suyo. La última vez que alguien vio un periódico era como envoltorio de las cacas del perro. Si ven a uno con un ejemplar bajo el brazo lo miran sorprendidos, asombrados ante el fenómeno inusual. “Ah, ¿lees el periódico?”, y uno no sabe si contestar o evaporarse. Los alumnos sueñan con ser grandes directivos de algún medio sin saber dónde colocar una mísera tilde. Algunos profesores, es cierto, se esfuerzan para incentivar un mínimo de curiosidad. Otros, sin embargo, abren los brazos ante su alumnado extraviado, como pastores ante el rebaño, disfrutando de su tarima, sintiéndose casi dioses, aceptando de buena gana los gimoteos del chico o la chica de turno que le implora un diez a cambio de una porquería sacada de Wikipedia. Porque aquí la cosa va de dieces. Entrego un reportaje hecho a las prisas y, sorpresa, un diez. Claro, luego miro al compañero de al lado y también tiene un diez, y el de al lado un nueve y medio. Todos somos futuros Pulitzer, qué duda cabe. Todos se sientan con su sonrisita, y llegarán a casa y dirán “mira, mamá, hoy obtuve otro diez”, y su madre pensará que qué bien invertidos están esos mil dólares mensuales en la “educación” de su hija, va a ser una presentadora de categoría en Televisa, ya lo verás.

Y llega la hora de comer, asomo por cafetería y, más sorpresas, hoy tenemos DiscJockey amenizando el almuerzo. En vez de una cafetería de universidad, podría pensarse que estamos en plena vorágine consumista en una tarde de sábado, paseando entre los estantes de Bershka o Zara. O en un Starbuck, que lo hay, así como  diversas empresas multinacionales que venden sus servicios a los alumnos/consumidores/paseantes de libros. Son muchas las personas que me han hablado del prestigio de la Anáhuac México Norte, “una de las mejores universidades de toda Latinoamérica”. Una de las más caras de toda Latinoamérica también, cabe la posibilidad de que se confundan tocino y velocidad, y que se relacione la cantidad de comercios y empresas privadas y de ruido infernal sonando continuamente, con una universidad que ofrece verdadera calidad en la enseñanza. El dinero, siempre el dinero. Eso le pasaría al que ideó el sistema de multas por entregar un libro tarde en la biblioteca. Aquí no te penalizan con unos días sin poder sacar nada, sino que directamente te imponen una multa económica, que una vez abonada en caja, desaparece. Cuando descubrí la gracia ya debía más de cincuenta pesos.

Qué decir de los no menos de cuarenta minutos andando hasta la casa del amigo más próximo, para tomar un mísero café a las prisas, y volver al hogar, pues al día siguiente la rueda vuelve a girar. Ya se acaba renegando de esos mínimos ratos de ocio, pensando en todas las tareas para el día siguiente, mientras se escruta el vacío, en el vagón del metro, o en la combi saltando por los badenes.

Y llegar a casa después de un frustrante día de clases, ya de noche, y preparar una triste cena con los restos que quedan en la nevera; sentarse a comer en silencio, mientras escuchas a tus compañeros preparar la suya, esperando que, hoy sí, se sienten en la mesa común a compartir un rato, pero ver como enfilan con sus platitos y sus tacitas hacia su habitación, e imploras porque antes de entrar en su pequeño planeta cambien de opinión, y ver cómo se cierra esa puerta, quedando tú en la parte de afuera, con el arroz ya frío.

Entonces me voy a mi pequeña pecera, con su pared de ladrillos desnudos, a fumar en silencio, mientras me llueven las trocitos de yeso y las hormigas recorren las sábanas, y pienso que quizá todo lo que necesito es dormir, y esperar a que mañana vea las cosas de otra manera.

 

Es febrero

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Atravieso a la carrera toda la calle Campeche, esquivando baches, árboles y señoras con perro. El tiempo apremia: son las 9 de la noche, y a las 9 y media en quedado en el metro Juanacatlan con François, Jonathan y Juanma para llegar hasta el metro Balbuena, cerca de allí tomaremos un autobús hasta Oaxaca, después otro para Pochutla, que ya queda muy cerca de Mazunte, pequeño pueblo famoso por sus playas y tranquilidad. Nos espera un fin de semana de relax, muy merecido en mi caso, después de mi lucha personal por encontrar un nuevo hogar. De ahí esta carrera desesperada: antes de partir hacia Mazunte tengo que pagar la señal para la habitación que ocuparé hasta el final de mi estancia en el DF, o eso espero. En este nuevo piso viven dos chicos mexicanos, mayores que yo, y eso es exactamente lo que buscaba: vivir con mexicanos que puedan enseñarme nuevos lugares de interés, comidas y demás. Tras diez minutos llego a la casa. Allí me espera Josué, el dueño, o quizá simplemente el más veterano en el piso, lleva aquí siete años. La transacción se produce rápido, pago los 3200 pesos de depósito (el equivalente a un mes, es decir, me ahorro 1800 pesos respecto a mi antiguo hogar) y le sugiero la posibilidad de cambiar el cristal inamovible de mi cuarto por una ventana de verdad. Es un cuarto minúsculo, con apenas espacio para la cama, una mesa y una mesita de noche, al menos el techo es alto, y una de las paredes, de ladrillo y sin pintar, da un toque hipster al conjunto, amén de ir llenando progresivamente la cama de trocitos de yeso, aunque eso es algo que comprobaré más tarde. Me dice que ya ha preguntado precios por la ventana. Concluida la pequeña reunión, mis piernas vuelven a ponerse en marcha, desafiando al tiempo, tengo un cuarto de hora para llegar. Continue reading

Un lugar para vivir

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Cuando el sol deja paso a las nubes, el panorama de la ciudad cambia por completo, dejando una sensación de suciedad, de hastío. Hoy voy en misión especial, pese al riesgo de tormenta. Después de toda una mañana a caballo entre páginas web y teléfono móvil, he conseguido concertar una cita para ver una habitación en alquiler. He necesitado unas veinticinco o treinta llamadas para concertar el total de dos míseras citas, se ve que es costumbre dejar el anuncio pese a que ya se haya alquilado la habitación a cualquier otro infeliz. A la décima persona que me ha saltado con aquello de “lo siento, bro, ya está rentada”, he tenido que decirle de forma brusca que el anuncio sigue ahí, que haga el favor de quitarlo, no todo el mundo puede gastarse cien pesos en el teléfono móvil para ser advertido de que ya no hay nada que hacer. Continue reading

Recibiendo el Fuego Nuevo (2ª parte)

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Noto como Ivonne empieza a removerse, tumbada justo a mi lado. Se incorpora;  la sigue Jonathan, y empiezan a recoger sus cosas. Yo estoy en estado de criogenización, completamente cubierto por el saco de dormir, con el suelo castigándome la cadera, aferrándome a la vida. Pero no tengo elección: a las siete en punto de la mañana tenemos que estar con todas nuestras pertenencias en el autobús, órdenes de Lluvia, esta vez hay que ser puntuales. Así que cuando ya casi todo el mundo se ha levantado procedo a salir de mi cueva helada, me cambio lo más rápido posible, meada mañanera, cepillado dientes, recogida del saco y estamos en marcha. Continue reading

Recibiendo el Fuego Nuevo (1ª parte)

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Unas voces nos despiertan a todos, y advierto que el autobús está parado. Miro el móvil: son casi las siete de la mañana. Creo que llegamos tarde. Así nos lo confirman: el trayecto ha sido más largo de lo esperado, y si no nos damos prisa nos perderemos el amanecer. Parece una tontería, pero es parte de la ceremonia a la que vamos a asistir: todo el pueblo (o los más madrugadores) se concentran hoy en lo alto del cerro para recibir al sol. ¿Qué pueblo? No lo sé, habrá que investigarlo. Así que somnoliento y con los ojos pegados todavía, agarro la mochila y salgo fuera del autobús: todavía no ha salido el sol, aunque queda poco tiempo, y el frío es polar. Miro a mis compañeros de viaje y andan desperezándose todavía, aturdidos por las más de ocho horas de autobús, nos vamos a perder el amanecer, joder, así que unos pocos decidimos seguir adelante, ya nos alcanzarán en la cima. Diviso una familia del lugar compuesta por abuelo, hija y nieta (supongo), subiendo la calle en la que hemos estacionado, en dirección al cerro, y empiezo a caminar tras ellos. Voy mirando a mi alrededor: las casas se reparten a ambos lados de la calle, todas cuentan con patio y verja, huele a gallinero, algún gallo madrugador ya está cantando, el frío me corta la cara y la garganta. Cuando termina la calle se acaba el pueblo y comienza el cerro. La familia me lleva una pequeña ventaja, de vez en cuando miran hacia atrás, para confirmar que les sigo, qué hacen estos tíos aquí, se preguntaran. Yo tengo demasiado sueño como para saludar, así que miro al suelo y continúo caminando. Continue reading

Un alemán, un francés y un español

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A través de Jonathan, un alemán muy serio que habla cuatro idiomas, amigo de nueva cuña y compañero de piso y andanzas, se me ha abierto otra ventana, una oportunidad de salir de las fronteras del Estado de México para internarme de lleno en Michoacán, al suroeste de la República de México, estado hoy famoso por violentos sucesos que tienen lugar en sus tierras en este preciso momento.

La situación es la siguiente: Jonathan nos invita a François y a mí a unos conciertos de rock en un garito en la colonia Moctezuma (éste aparece por donde sea, no hay escapatoria posible), en la delegación Venustiano Carranza, en el centro-este de la ciudad. No me interesan especialmente los conciertos, pero la oportunidad de visitar una delegación distinta se me antoja irrechazable, ya que, si por nosotros fuera, toda esta mole de ciudad se ceñiría a la delegación Cuauhtémoc, de la que salimos para ir a nuestras respectivas universidades y poco más. Para más inri, nos ofrece ir a una pulquería para que probemos de una vez el pulque, bebida muy típica que, como el tequila y el mezcal, se extrae del agave, aunque con una concentración de alcohol menor, es fermentada.  Nuestro colega alemán ha quedado allí con unas amigas que conoció en Chiapas, pertenecientes a un movimiento humanista, así que veremos nuevas caras. Continue reading

En los campos de fresa

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Hoy, viernes 17 de enero, es un día importante para mí. Si todo va según lo previsto, por fin abandonaré este hotel que me está sangrando los bolsillos para comenzar una nueva vida en un piso situado en la colonia Condesa (sí, aquella en la que no viviría ni loco….). Pero antes de hacer el check-out del hotel y tomar un taxi hasta la nueva dirección tengo que solucionar un tema vital: recoger el dinero para pagar el primer mes y otro mes de depósito, en total diez mil pesos, unos quinientos sesenta y cuatro euros. El precio es bastante caro, pero en cualquier caso más rentable que seguir de hoteles hasta encontrar algo mejor, además solo alquilo por un mes, después veremos. El dinero lo envían desde España por la Western Union y puedo recogerlo en oficinas de Banorte (un banco mexicano) o en cualquier tienda Elektra, una red de tiendas de electrodomésticos. La diferencia entre elegir uno u otro es abismal, en Banorte no me cobran más comisión que la que ya paga en España quien me envía el dinero, en cualquier Elektra te cobran otra comisión estratosférica aparte, que deja bastante reducida la cantidad original.

 

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Puertas y ventanas

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Hay ocasiones en las que, sin poder preverlo de ninguna manera, llega alguien que nos agarra de la pechera, nos balancea y, a empellones, sitúa frente a una ventana desde la que podemos mirar algo que es completamente diferente a todo cuanto hayamos visto antes, algo que por su particularidad se queda grabado para siempre en la mente, también en los ojos, que ya no volverán a mirar de la misma manera en que lo hacían. Hoy podría escribir acerca de mi primer día en la universidad Anáhuac México Norte, lo haré, de hecho, pero todo eso queda pequeño al lado de lo que he visto a través de esa ventana que se abrió ante mí, como podría haberse abierto ante cualquiera. Pero esta vez la fortuna quedó de mi parte, la casualidad, supongo.

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Moctezuma y los devoradores de fuego

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Diez horas de sueño reparador después del largo viaje me dejan completamente nuevo y repleto de fuerzas para comenzar con energía esta aventura mexicana. El desayuno en el hotel es estupendo, salgo a la calle y, ayudado por un pequeño mapa, me dirijo por la avenida Reforma hacia las colonias Condesa y Roma, las más populares y movidas de la ciudad. El objetivo es hacer una evaluación rápida, pues posiblemente busque piso en alguna de las dos.

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